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LECCIÓN 2


    1. Una pregunta que podríamos hacernos es quién es el autor de la Biblia. La respuesta es ésta: el autor de la Biblia es Dios. Los hombres que la escribieron fueron instrumentos de los que Dios se valió para manifestar todo lo que Él quiso y sólo eso. Nos habló por medio de unos hombres que tenían una lengua concreta, que escribían condicionados por una cultura y mentalidad específica, muy distintas de la nuestra. De tal modo que, para leer la Biblia, hemos de entender primero a los hombres que la escribieron: su mentalidad y modo de ver las cosas, sus expresiones y literatura, sus costumbres e historia (Catecismo de la Iglesia 110). Dios escogió a esos hombres para esa precisa tarea respetando siempre su talento, inteligencia y modo de ser. Esto es evidente cuando estudiamos la manera de escribir de cada uno de ellos, su estilo y lengua, la cultura y el ambiente en que vivieron. Pero la misma asistencia de Dios hizo que entendieran e interpretaran correctamente lo que Dios quería revelar. Por eso decimos que Dios es el autor de la Biblia (Catecismo de la Iglesia 105-108). Ahora nos toca a nosotros hacer lo mismo: leerla o escucharla bajo el prisma de la fe.

     2. En la Biblia se palpa cómo Dios ha ido revelándose al hombre, recordándole quién es y para qué ha sido creado. Se ve cómo Dios escoge a un pueblo y dirige su historia. Al principio ese pueblo se cierra en sí mismo, pero, poco a poco, se va dando cuenta de que posee un mensaje de vida eterna, se va abriendo a él y acaba incluyendo a todas las naciones. Se descubre también el sentido que Dios ha querido dar a ciertos acontecimientos, a las vidas y las actuaciones de ciertas personas. Se nos invita a mirar todo esto con los mismos ojos de Dios.

     3. Si no descubrimos el sentido que Dios ha querido dar a lo que la Biblia dice, el libro no pasará de ser una obra literaria. Si, en cambio, descubrimos el mensaje que Dios ha querido transmitirnos, las cosas toman otro cariz. Los hombres que escribieron la Biblia lo hicieron como creyentes. Lo mismo quienes leen sus escritos. Lo que ellos dicen cobra un sentido especial porque lo leemos y escuchamos como creyentes, a través del prisma de la fe.

     4. Dios es el autor de la Biblia, por eso decimos que no contiene errores en lo que Dios nos quiere revelar o decir (Catecismo de la Iglesia 107). Esto no significa que el hombre que escribió un libro de la Biblia, como hombre que era, no se haya equivocado al redactar. Todo escrito refleja bien al escritor y en la Biblia pasa igual. Vas a encontrar a veces una manera de expresarse rudimentaria; estilos que van desde la literatura más encumbrada a la más elemental; información histórica y topográfica que a veces asombra por su exactitud, pero que otras no es tan exacta. Es lo humano de la Biblia. Leemos en el Catecismo de la Iglesia (109: "En la Sagrada Escritura, Dios habla al hombre a la manera de los hombres. Por tanto para interpretar bien la Escritura es preciso estar atento a lo que los autores humanos quisieron verdaderamente afirmar y a lo que Dios quiso manifestarnos mediante sus palabras (Dei Verbum 12,1)".

     5. Por eso, siempre hay que tener en cuenta los diferentes géneros literarios, el estilo, la cultura , el ambiente, las circunstancias que rodeaban al escritor y su personalidad reflejada en lo que escribe. De todo eso se sirve Dios que nunca anula a la persona. A través del redactor inspirado, Dios nos va pasando su mensaje y eso es lo que vale. Ahí te darás cuenta del poder de su Palabra inspirada por el Espíritu Santo (Catecismo de la Iglesia 110). Lo que sería un grave error es pensar que un día Dios se apareció, por ejemplo, a un tal Lucas y le dijo: "Oye, Lucas. Toma lápiz y papel que te voy a dictar un par de páginas. A ver si me lo haces bien y sin equivocarte", y que de ahí nos saliese el evangelio de San Lucas. De eso nada.

     6. El Concilio Vaticano II señala tres criterios que se deben tener en cuenta para interpretar correctamente la Sagrada Escritura (Catecismo de la Iglesia 111, 113 y 114): a) Prestar gran atención "al contenido y a la unidad de toda la Escritura". b) Leer la Escritura en la tradición viva de toda la Iglesia". c) Estar atento "a la analogía de la fe". Se entiende por analogía de la fe la cohesión de las verdades de la fe entre sí y en el proyecto total de la revelación.

     7. Vas a ver que la Biblia está dividida en dos partes. La primera se llama el Antiguo Testamento y la segunda, el Nuevo Testamento. El Antiguo Testamento es casi dos veces el Nuevo. Obsérvalo en tu Biblia. Aquí testamento quiere decir alianza, pacto, y no el documento que expresa la voluntad de una persona respecto a sus bienes. A veces se oye decir que el Antiguo Testamento es la historia de Israel y el Nuevo Testamento es la historia de la Iglesia. Esta afirmación está equivocada. Ni los redactores del Antiguo Testamento querían hacer una historia del pueblo judío, ni los del Nuevo Testamento querían escribir una biografía de Jesús. Los dos Testamentos son escritos religiosos, testimonio de la fe de sus autores y del pueblo del que formaban parte. En el fondo nos están contando su Credo. Dicho de otro modo, no narran la historia sino que explican la intervención de Dios en la historia. Esta división es lógica y llena de significado. El Antiguo Testamento nos lleva desde la creación del hombre, su caída, la promesa de un salvador, promesa que se va reiterando a través de la historia de un pueblo, hasta un poco antes de cuando Dios mismo se hizo hombre, hecho que abre la puerta al Nuevo Testamento.

     8. Éste es el acontecimiento más transcendental de toda la historia. Dios vino a este mundo para hablarnos de sí y para aclararnos las ideas de qué somos y para qué se nos ha creado. Aún no podemos explicarnos cómo se le ocurrió hacer lo que hizo en vez de dejarnos emponzoñarnos la vida unos a otros y gastarnos en rivalidades, miserias y pecados, llegando hasta conflictos y guerras y muertes sin sentido. Vio algo en nosotros, que, después de todo, hechura suya somos, y nos amó. Y eso es lo que nos salva.

     9. Parece imposible, pero Dios se hizo hombre y vivió entre nosotros y se le conoció con el nombre de Jesús. Él es el centro de la historia humana. El testimonio de fe de quienes creyeron en Él nos dirá que Jesús era Dios hecho hombre, que murió por salvarnos y que resucitó. Jamás podremos agradecer bastante a Dios lo que hizo por nosotros. Se cuentan los años desde su venida a este mundo. Antes de Él tenemos el Antiguo Testamento. Después de Él tenemos el Nuevo Testamento. San Juan Evangelista, inspirado por el Espíritu Santo, nos dice: «Tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo único para que tenga vida eterna y no perezca ninguno de los que creen en él» (Juan 3,16). Como cristianos proclamamos a los cuatro vientos nuestra fe en esta verdad.

    Éstas son las preguntas que te sugerimos para esta sesión. Al responder, en el apartado Asunto, escribe "Respuestas a la lección 2".  Por favor, incluye las preguntas en tus respuestas.

     1) ¿Cómo explicarías que Dios sea el autor de la Biblia?
     2) Cuando los escritores de los libros de la Biblia escribían, ¿dejaban a un lado su carácter y personalidad para dar paso a la inspiración de Dios?
     3) ¿Qué tipo de errores pueden darse en la Biblia?
 
   4) ¿Qué periodo de la historia comprende el Antiguo Testamento?
   
 5) ¿Cuál es el hecho más importante ocurrido en el mundo?

     Esto es todo para la segunda lección.

     Un saludo afectuoso de

     Roberto, Pepe, Fernando, Félix, Luis y José Manuel

     jobaqui@auladebiblia.es


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