SEMEJANZAS DE MOISÉS CON JESÚS Y ABRAHÁN
Muchos Padres de la Iglesia primitiva entendieron a Jesús como el Nuevo Moisés.
Jesús el Supremo Legislador que marca el camino de la Nueva Vida en el Sermón de la Montaña. Moisés también es Legislador pues recibe las Tablas de la Ley (Alianza, Ley, Decálogo, Legislación).
Jesús ayunó en el desierto durante 40 días. Ayuno que también fue realizado por Moisés en el desierto y también por los mismos días.
Jesús multiplica los panes y los peces para dar de comer al pueblo que le seguía. Con Moisés, Dios hace el milagro del mamá para alimentar a su pueblo.
Jesús fue glorificado en la transfiguración. En el rostro de Moisés resplandecía la Gloria de Dios en su encuentro en Sinaí.
Jesús es el nuevo Moisés porque, así como Moisés guió a su pueblo de la esclavitud de Egipto a la Tierra Prometida, así Jesús guía a toda la humanidad a la vida eterna para la que Dios creó al hombre, "la vida del mundo futuro" que proclamamos en nuestro credo.
Donde falla toda comparación es cuando proclamamos que Jesús es el Señor, la Segunda Persona de la Santísima Trinidad, la Palabra de Dios, el Verbo hecho Carne, el Hijo de Dios y el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo. ¡Qué lejos queda Moisés de Jesús!
Las salidas de Abrahán y Moisés tienen un profundo significado entre Dios y su pueblo. Los dos realizan un gran acto de fe y obediencia y marcan el inicio de una nueva etapa de la salvación.
Abrahán tiene que dejar Ur de los caldeos para emprender un viaje hacia lo desconocido únicamente guiado por la promesa de Dios. Promesa de formar un pueblo nuevo elegido para crear una gran nación, siendo el punto de partida para la historia del pueblo de Israel. Abrahán puso toda su confianza en Dios e hizo todo lo que le dijo rompiendo todos sus lazos con el pasado y, así, poder comenzar de cero. Moisés tuvo que dejar su pueblo para poder liberar de la esclavitud a Israel, ese pueblo que Abrahán fundó y del que él procedía. Les lleva a la liberación material, pero también espiritual y los devuelve a la Tierra Prometida donde vivió Abrahán y por tanto, simboliza el cumplimiento de la promesa hecha por Dios a Abrahán y a su descendencia.
Los dos realizan actos de fe y obediencia a Dios. Es el inicio de una relación especial entre Dios y su pueblo y la promesa de una vida nueva. En ambos casos se trata de cumplir el Plan Divino de llevar a su pueblo a la Salvación.